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La ignorancia de poner el enojo en capilla

2021-11-18 10:52:28

 

La ignorancia de poner el enojo en capilla


Al enojo le adjudicamos responsabilidades en exceso y lo hacemos culpable injustamente de numerosos episodios. El enojo es una de las emociones que tiene mala prensa. Se lo incluye dentro de las emociones que tenemos en capilla. Y las emociones pertenecen a nuestro sistema más primitivo, el instintivo emocional; específicamente, al área límbica. Es decir, las emociones, entre ellas el enojo, son impulsos innatos que se gatillan de manera automática. Somos humanos, y una de las características que más nos identifican como seres humanos son nuestras emociones. Una de las principales cuestiones por las que el enojo tiene mala fama es producto de los juicios de valor que tenemos sobre el mismo y por la ignorancia emocional con la que nos han educado. La representación mental que tenemos del enojo está asociada desde pequeños a nuestros berrinches, al rostro de disgusto, discusiones, gritos, tarjeta roja, peleas y finalización de vínculos, entre muchas otras situaciones. Es decir, la analogía que tiene nuestro cerebro del enojo es más bien mala, no es buena. A tal punto, que cuando recibimos consejos, son del modo: “No te enojes, calmate, te va a hacer mal”. En este sentido, entendemos las intenciones de las sugerencias, pero son, desde el punto de vista técnico, inexactas porque el problema no es el enojo, sino lo que hacemos con él.

¿Qué es el enojo?
Como nos enseña el Dr. Norberto Levy en su libro Sabiduría de las emociones (2000), el enojo es el remanente de energía que está destinado a aumentar nuestros recursos para resolver el problema que nos produjo el enojo. Sin embargo, al no saber cómo encaminarlo, termina convirtiéndose en un factor que daña aún más la situación que enfrentamos.
Esta sobrecarga es lo que llamamos enojo. Es importante destacar que la función original de esa sobrecarga de energía es asegurar la realización del deseo o necesidad amenazada. Siendo concretos y simples, y valiéndonos de algunas licencias académicas, podemos definir al enojo como una especie de ecuación matemática, en la que decimos que el enojo es la diferencia (resta) entre las expectativas (e) y la realidad (r).
Esto nos empieza a abrir una posibilidad de conversación, que tiene que ver con evaluar las expectativas que nos hemos hecho de una situación determinada y la realidad o punto donde estamos parados. Esta diferencia entre expectativas y realidad es lo que llamamos frustración. Es la brecha que debemos gestionar para achicar o moderar la distancia entre lo que espero y lo que estoy recibiendo. El conversar y gestionar la frustración tiene que ver con brindar un espacio a algunos juicios de valor: “Esto es una batalla, el otro me hace oposición, hay una intención adversa, no hay territorio común, es él o yo, es todo o nada”.

 

¿Cómo se manifiesta y qué esconde el enojo?
Las emociones son como una especie de juego de la raspadita; si raspo, me voy a encontrar con otras emociones y juicios de cabecera que la sustentan, donde el enojo termina siendo la cara visible o el actor de reparto. Es decir, en ocasiones, aparece en escena el enojo como actor, pero el productor que está detrás de escena puede ser el miedo, la tristeza o alguna creencia. Hay dos situaciones y experiencias emocionales con las que nos encontramos cotidianamente:

1. Enojo reprimido: este cuadro lo observamos en líderes o personas a los que les cuesta manifestar la situación de enojo, es decir, que no la formulan, se la quedan para sí mismos y no la exteriorizan. Son las personas de las que comúnmente decimos que se bancan o “tragan” todo. Algunos de los juicios de valor en lo que se basa esta no manifestación del enojo es creer que pueden dañar al otro si se señala lo que piensa, si se manifiesta qué actitud me causa molestia, como si expresar lo que me enoja fuera descalificador. Otro juicio de sí mismo es sentirse o verse como inseguros.
O sea, como me considero inseguro, no puede expresar mi situación de enojo, entonces lo reprimo, oculto y dejo para mí. Estas personas, que pueden estar ejerciendo un rol de liderazgo (ámbito personal, deportivo o laboral), además de los juicios, tienen algún nivel de sumisión, timidez y de culpabilidad por manifestar el enojo. A estos líderes los denominamos de poder blando, dado que les cuesta decir que no, creen que la única forma de liderar es consentir o dar el sí de manera constante. Estos líderes buscan primero ser queridos y apreciados por el otro, sienten culpa por determinadas situaciones, ya sea por acción u omisión; terminan reprimiendo sus enojos. En síntesis, la culpa y los juicios operan disfuncionalmente para efectuar el acto de descarga que necesita todo enojo, y no se dan cuenta de que reprimirlo les hace mal a su salud física y emocional.

2. Enojo activo: esta situación es el extremo opuesto de la anterior. Se da en casos de líderes que tienen una alta exposición del enojo, en diversas ocasiones cometen excesos, y no separan la actitud o comportamiento que produce el enojo de la persona en cuestión. Estas manifestaciones del enojo podrían esconder ansiedad, miedo o tristeza. El miedo nos indica la diferencia entre una amenaza y los recursos que tenemos para hacerle frente. Los altos montos de ansiedad, cuando son disfuncionales, se relacionan con las preocupaciones imaginarias, exceden el plano de lo real. La tristeza tiene que ver con angustias, pérdidas o duelos no elaborados. Estas tres emociones empujan al enojo para su movilización de manera no efectiva. A estos líderes los denominamos de poder duro, dada la forma en la que la mayoría de las veces manifiestan el enojo. Estos líderes deberían preguntarse qué los frustra, qué emociones y juicios se traducen en una manifestación de enojo. Cuando se comprende o etiqueta el trasfondo del enojo, empieza a ceder gradualmente la emoción en favor de la reflexión.
Ese remanente de energía que trae el enojo necesita de un acto de
descarga, es decir, de una manifestación.
Liderar funcionalmente el enojo
En el medio del enojo pasivo y activo, existen posibilidades para liderarlo efectivamente. Se trata de declarar el enojo de forma asertiva. Implica la habilidad de expresar nuestros deseos de una manera franca, amable, abierta, directa y adecuada, logrando decir lo que queremos, sin atentar contra los demás, y negociando con ellos su cumplimiento. Pretender que la otra persona modifique conductas sin expresarle o aclararle qué esperamos de él, es convivir con expectativas distorsionadas. Todos tenemos expectativas y esperamos algo de alguien. La clave es entender que el enojo efectivo es el que despierta el interés y la atención, no el que intenta destrozar a la otra persona. Por último, enojarnos con el enojo es matar al mensajero. En ocasiones, el enojo de los líderes tiene la energía de la pasión por lo que hacen. Este es funcional cuando se relaciona con la orientación al logro de resultados y el hacer focalizar a su gente en los procesos. El enojo es una
especie de termómetro que nos da información, señales que debemos
tomar como si fuera un GPS.

 

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